A los dos años ya sabía leer y escribir. A los cinco, era capaz de traducir frases del latín y de resolver ecuaciones de segundo grado. Sin bachillerato de por medio, fue admitido en la universidad a los siete años, y expulsado de ella a los ocho, por burlarse de las teorías de sus maestros en un tratado que muy pronto se volvió clásico. A los diez años ganó el Premio Nobel, y a los once fue nombrado miembro honorario de la Academia Francesa.
-El movimiento no existe -dijo muy quieto un profesor de filosofía.
“Es un hecho: para atrás y para adelante no hay nada”, puntualizó. “El pasado y el futuro, en cuanto entidades de realidad, no son sino una mera ficción. ¿Qué nos queda? ¿El presente? Tampoco, ya que a cada momento se convierte en pasado y a cada momento se convierte en futuro. ¡Oh, terrible inmovilidad! Pues si me muevo -y el profesor se movió-, vean qué sucede”.
En el salón sólo hubo murmullos e incertidumbre, pero se comprobó la tesis del catedrático: no sucedió nada.
Siempre he sido bien “discreta” (en mis historias) al decir como me siento, pero… en este momento no lo voy a ser. Escudriñando entre papeles viejos me encontré algo que escribí un día de llanto y melancolía, pero… por más que pienso no tengo idea de a quién se lo dediqué o si lo leí en alguna parte, o si lo escuché… así que bueno, es hora de publicar como estaba ese Miércoles, 28 de abril del 2004.
Quédate un momento, no me mires ya que no aguanto. Sí me miras se me queman las manos por tocarte; a lo mejor estoy loca y tengo que aceptar que frente a ti no me puedo explicar… nunca me sentí tan sola como ayer; lo entendi mientras callaba…. la vida me gritó que nunca te tuve y nunca te perdí. El “amor” es una cosa que se da de pronto y si lo forzas se marchita por eso poco a poco es mejor …. quédate